Experiencia Cocuy, días 7 al 11

Día 7

Día de descanso, día de tomar la decisión de si intentar o no la cima del Pan de Azúcar. Primero lo primero, ¿dormí?, la respuesta es no. Segundo, ¿nivel de energía?, bajo. Vamos mal. Voy a desayunar y ya veremos cómo se comporta el estómago.

Hace un muy buen día, hay buen sol y está todo despejado. Buenas noticias, parece que estoy mejor del estómago.

Una mañana en el campamento. Boyacá, Colombia, 2016.

Una mañana en el campamento. Boyacá, Colombia, 2016.

Va pasando la mañana y me llega la noticia de que uno de nuestro compañeros, uno de los fuertes, pasó muy mala noche y se está sintiendo muy mal. Cuando se asoma puedo ver lo pálido que está.

El día sigue avanzando, el descanso me está recargando la energía, el estómago sigue estable, la situación mejora para mi. Nuestro compañero habla con los líderes del equipo y toman la decisión de activar el seguro. Llegarían por él para bajarlo en una mula hasta La Esperanza, en donde lo esperaría una ambulancia para estabilizarlo.

Ambulancia de alta montaña. Boyacá, Colombia, 2016.

Ambulancia de alta montaña. Boyacá, Colombia, 2016.

Nuestro compañero se marcha con el dolor de dejar esta experiencia a medias. La decisión de bajar fue la acertada, la primera revisión en la ambulancia arrojó un resultado que luego sería confirmado en el hospital: edema pulmonar. Dos días hospitalizado.

El día de descanso continúa, se ven grupos intentando llegar a las cimas, el día se empieza a cerrar temprano, llega el frío y luego la noche.

Otro grupo intentando la cima del Cóncavo. Boyacá, Colombia, 2016.

Otro grupo intentando la cima del Cóncavo. Boyacá, Colombia, 2016.

Frente del glaciar del Pan de Azúcar. Boyacá, Colombia, 2016.

Frente del glaciar del Pan de Azúcar. Boyacá, Colombia, 2016.

Llega el momento de tomar decisiones. Creo que estoy con lo mínimo de intentar la cima, me levantaré a las 3:00 a.m., me alistaré, saldré con el grupo y daré lo mejor de mi, hasta donde pueda. Miro por última vez hacia el cielo estrellado y me meto a la carpa.

Cae la noche. Boyacá, Colombia, 2016.

Cae la noche. Boyacá, Colombia, 2016.

Noches de la Sierra. Boyacá, Colombia, 2016.

Noches de la Sierra. Boyacá, Colombia, 2016.

Día 8

Escucho una voz que dice que es hora de alistarnos. Deben ser las 3:00 a.m. Gracias a Dios. Desde que me acosté, el tiempo se dilató y la noche se hizo eterna. Volví a ser víctima del insomnio de la alta montaña. El estómago no está muy bien y no tengo ganas de comer. No importa, me pongo el morral en la espalda, la linterna en la cabeza y quedo listo para salir.

Empezamos a caminar. Lo de siempre, rocas y mas rocas, pero ahora nos rodea una oscuridad total por donde nos abrimos paso con la luz de nuestras linternas.

Llegamos a un punto en donde paramos y apagamos las luces. Alfredo dice unas palabras que nos hacen ser conscientes de lo que teníamos ante nosotros. Lo que vi y sentí en ese momento es indescriptible. Hicimos silencio para que cada uno apreciara y reflexionara sobre semejante espectáculo que teníamos en frente. Unas cuantas lágrimas salieron de mis ojos.

Seguimos caminando, empieza a amanecer, apagamos las luces. Los amaneceres siempre son bonitos y más aun en lugares como esos. El camino como lo conocíamos llega a su fín, es hora de empezar a subir. El ascenso era tan empinado y con tanta arena que no me quería imaginar cómo bajaríamos. Luego se acaba la arena y sigue roca. Una roca. Esta vez no son rocas por las que debemos atravesar sino que es “una roca”. Tenemos que escalar y caminar sobre una única piedra gigante. Cuando el camino es plano es muy fácil, cuando no, es difícil y un a ratos atemorizante.

Voy despacio, al final del grupo. Tengo que conservar el máximo de energía. Llego al borde de nieve muy cansado, pero el objetivo lo tenía claro. Sin dudarlo me puse los crampones, el arnés lo traía puesto. Me amarré a la cordada y empezamos a subir. Esta vez no había nieve, era puro hielo, la sensación de caminar por ahí no es tan buena. Mas adelante nos encontraríamos con la capa de nieve.

El nivel de inclinación de esta montaña lo sentí considerablemente mayor que la anterior. El esfuerzo era superior y la energía estaba en un nivel bajo. Antes de empezar a subir una pendiente muy empinada nos encontramos con unas personas que ya venían bajando, y nos dicen: “ánimo que falta mucho, detrás de esa roca van a ver que hay que seguir subiendo”.

Paso a paso, todos muy cortos, descansos cada vez más largos y sufridos, una que otra grieta que atravesar. El esfuerzo era tanto que lo único que se me pasaba por la cabeza era estar en mi cálida casa, con los gatos y mi Mamá, que los estaba cuidando en mi ausencia. No podía desear otra cosa. Llegué a un punto en donde se me encharcaron los ojos y empecé a soñar con que cada paso que daba era rumbo a mi casa, que en lugar de la cima era mi hogar el que encontraría. Solo así pude caminar.

Llegamos a un punto, cerca de la cima, en donde nos detuvimos un rato para organizar el ascenso, pues lo que faltaba era muy pendiente y había riesgo de rodar montaña abajo o caer por un precipicio. La seguridad ante todo.

En este punto tomé una decisión, no seguiría subiendo, no podía más.

Los preparativos para el ascenso se demoraron más de lo esperado. Afortunadamente, porque en ese tiempo pude descansar y cambiar de opinión. Continuaría intentando llegar a la cima.

Subimos uno a uno hasta un lugar mucho más cercano a la cima, ahí esperaríamos hasta que todos subiéramos y prepararan el ascenso del último tramo. Este punto era muy pendiente y teníamos que estar muy pendientes de estar bien asegurados al suelo para no rodar. Algunos compañeros manifestaron su temor, pues se deslizaban con facilidad. Yo me anclé muy bien, tan bien que el cansancio y la falta de sueño me vencieron y, por fin, pude dormir. Tal vez soy la primera persona en dormir en la cima del Pan de Azúcar.

Con más energía y con la nalga congelada empezamos a subir a la cima. Esta, a pesar de que teníamos una vista espectacular, no fue tan emocionante como la anterior. Tal vez porque, por lo despejado que estaba el día, podíamos percibir los abismos que nos rodeaban. Todos maravillados, pero muy quietos. Parecía que estuviéramos en un avión, con las nubes y las montañas debajo de nosotros, un paisaje que nunca había visto, asombroso.

Cima del Pan de Azúcar. Boyacá, Colombia, 2016.

Cima del Pan de Azúcar. Boyacá, Colombia, 2016.

Cima del Pan de Azúcar. Boyacá, Colombia, 2016.

Cima del Pan de Azúcar. Boyacá, Colombia, 2016.

Cima del Pan de Azúcar. Boyacá, Colombia, 2016.

Cima del Pan de Azúcar. Boyacá, Colombia, 2016.

El descenso fue lento, uno a uno, haciendo rapel. Luego cruzando grietas, también uno a uno.

Llegamos al final del hielo y volvimos a la roca. Ahí almorzamos. Luego el temido descenso por “la roca” y luego por la pendiente llena de arena. A la final no fue tan duro. Lo que sí me dio mucha dificultad fue el resto del camino. En la mañana no lo había sentido tan largo. Cruzábamos montaña tras montaña de rocas. Llegaba a la cima de cada una de estas montañas esperando ver el campamento, pero lo único que veía era otra montaña. Al final del día llegamos al campamento, salimos en la oscuridad y llegamos en la oscuridad.

Misión cumplida, logré las dos cimas. No recuerdo si comí o no, lo único que recuerdo es que dormí un rato hasta que me despertó el frío. Me metí en la bolsa de dormir y dormí hasta el día siguiente.

Descenso del Pan de Azúcar. Boyacá, Colombia, 2016.

Descenso del Pan de Azúcar. Boyacá, Colombia, 2016.

Descenso del Pan de Azúcar. Boyacá, Colombia, 2016.

Descenso del Pan de Azúcar. Boyacá, Colombia, 2016.

Día 9

Último día en el campamento. Abro lo ojos y me encuentro con que la carpa está abierta. No la cerramos para dormir. Dejé las botas afuera y ya sabía que pasaba con lo que se quedaba a la intemperie, se congelaba. Le conté a Diana y se rió de mi, bueno, de la situación. Por fortuna había dejado las botas cerca de la tienda, un poco cubiertas y no se alcanzaron a congelar. Al salir de la carpa me di cuenta de que Diana también había dejado sus botas afuera, bien afuera, y se congelaron. Ahora el que me reía era yo.

Había dormido bien, pude comer, el estómago estaba mucho mejor. Me sentía bien. Llegó el momento de empacar todo y esperar a los porteadores que se llevarían el campamento y nuestras mochilas grandes. Momento de silencio y reflexión. Cada uno, a su manera, se despedía del lugar y recordaría las experiencias vividas.

Llegaron los porteadores y se llevaron todo. Empezamos a bajar, a observar lo que no habíamos podido ver bien el día que llegamos debido a la lluvia, el frío y el cansancio. De vez en cuando miraba hacia atrás y apreciaba dónde había estado, hasta dónde había podido llegar. Entre más abajo estaba, cada vez más cerca del pueblo y lejos de la Sierra, empezaba a entender la magnitud de lo que había hecho. El triunfo de la voluntad.

Llegué a la puerta en donde habíamos hecho el ritual de entrada. Esta vez estaba solo. No me quedaba más que dar las gracias a la montaña por permitirme vivir lo que viví, doloroso para el cuerpo pero grandioso para el alma.

La cueva de los hombres. Boyacá, Colombia, 2016.

La cueva de los hombres. Boyacá, Colombia, 2016.

Encuentro con personal de Parques Naturales. Boyacá, Colombia, 2016.

Encuentro con personal de Parques Nacionales. Boyacá, Colombia, 2016.

Frailejón. Boyacá, Colombia, 2016.

Frailejón. Boyacá, Colombia, 2016.

El Güicán. Boyacá, Colombia, 2016.

El Güicán. Boyacá, Colombia, 2016.

Al medio día llegamos a La Esperanza. De ahí bajamos en carro hasta la Capilla, en donde almorzamos. Estábamos de vuelta en la civilización. Se siente muy bien volver a tener las comodidades del mundo moderno, recuerdo que disfruté mucho sentarme en una silla Rimax, entrar a un baño y lavarme las manos en un lavamanos.

De ahí, bajamos en carro hasta el hotel en el Güicán. Allí me bañé, comí y dormí en una cama. Maravilloso.

Dia 10

Día de empacar, y caminar por el pueblo. Visitamos el Cocuy, un pueblo muy bonito y calmado, pintado todo del mismo color azul. Regresamos al Güicán y nos preparamos para emprender el viaje de regreso.

Día 11

Un largo viaje de regreso a casa.

Reflexión

Lo que empezó como “un viaje al Cocuy” terminó siendo “la experiencia Cocuy”. Para mi, este fue mi Everest, la prueba máxima en donde me exigí hasta donde nunca me imaginé. La montaña me cambió, se quedó con un pedazo de mi. La montaña me dejó entrar y recorrerla, quitándome algo en cada paso pero llenando el hueco que dejaba con algo mejor.

Repasando lo vivido puedo llegar a la conclusión de que soy un héroe. En esta entrada de este blog se explica por qué lo digo: http://escrilia.com/2014/12/15/el-viaje-del-heroe-el-argumento-eterno/

mito-campbell1

Se agregaron 15 fotos a Lugares – Sierra Nevada del Cocuy, Colombia.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s